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    Estado emocional y salud visual de nuestros infantes latinoamericanos
     
     Diseñado por Magnific
     
    La nueva infancia latinoamericana entre pantallas, estrés y vulnerabilidad emocional

    Javier Oviedo OD.

    Director Franja Visual

    La salud visual de nuestros niños en América Latina está influenciada por determinantes sociales, emocionales, digitales, ocupacionales y médicos. Así, los profesionales de la visión y nuestros equipos de trabajo nos enfrentamos diariamente a una realidad compleja: la nueva vida que enfrentan nuestros infantes es radicalmente diferente a la de generaciones recientes y, en algunos aspectos, potencialmente nociva para sus ojos y su desempeño diario. El reto como especialistas es comprender, desde nuestro análisis clínico, cómo están sus vidas y, especialmente, cómo brindar soluciones que se adapten a su realidad.

    Si nos enfocamos en un aspecto tan fundamental como su vida emocional, encontraremos suficientes razones para ampliar nuestra percepción durante el análisis clínico y para llamar la atención de los padres de familia sobre el cuidado de los ojos de sus hijos y la importancia de los controles periódicos. Vamos a explorar este tema.

    Emocionalmente, la infancia y la adolescencia atraviesan una crisis caracterizada por tasas preocupantes de ansiedad y depresión. La Organización Mundial de la Salud y reportes de UNICEF para América Latina y el Caribe advierten que 1 de cada 7 adolescentes de 10 a 19 años vive con un trastorno mental.1,2 En este contexto, factores como la competencia social que generan las redes sociales y la necesidad de “encajar” en las tendencias del momento influyen de manera sostenida en su estado emocional. Estudios publicados en The Lancet Child & Adolescent Health han asociado el uso frecuente de redes sociales con afectaciones en la salud mental y el bienestar de los adolescentes, mediadas por factores como el ciberacoso, la menor actividad física y la alteración del sueño.³

    Asimismo, el rendimiento académico, la presión por el éxito temprano y el uso crónico de pantallas para buena parte de sus actividades pueden actuar como detonantes de estrés crónico. Investigaciones recientes relacionan el mayor tiempo de pantalla y la menor actividad física con alteraciones del sueño, ansiedad, depresión y problemas de atención/TDAH.3,4 Específicamente, un estudio poblacional publicado en Preventive Medicine Reports, que evaluó a más de 40.000 niños y adolescentes, encontró una asociación entre el uso prolongado de pantallas y una disminución del bienestar psicológico; entre los adolescentes, quienes reportaban siete horas o más al día frente a pantallas tenían más del doble de probabilidad de haber recibido un diagnóstico de ansiedad o depresión, además de presentar mayor distractibilidad, menor estabilidad emocional y más dificultad para culminar tareas cotidianas.4

    Paralelamente, el entorno físico ha migrado hacia un confinamiento arquitectónico hiperurbano: interiores con variaciones de iluminación artificial, menos exposición a espacios abiertos y una reducción progresiva del tiempo al aire libre. Si a este escenario le sumamos actividades visuales próximas, antes estáticas y hoy también dinámicas y prolongadas frente a pantallas digitales, el resultado es una carga adicional para el sistema visual.

    Los niños con altos niveles de estrés y ansiedad pueden somatizar con frecuencia mediante síntomas físicos como cefaleas tensionales y migrañas.5-7 En la consulta visual, estos cuadros pueden coexistir con fotofobia intensa, espasmos acomodativos (falsa miopía), fatiga visual severa (astenopia), disfunciones binoculares no estrábicas, dificultad atencional e hipersensibilidad visual, especialmente cuando se combinan con uso prolongado de pantallas y alta demanda visual próxima.⁸,⁹

    Los ojos de los niños están cansados y creciendo dentro de entornos emocionalmente más exigentes. Hoy, además de evaluar el sistema ocular, es necesario comprender sus condiciones emocionales, pues muchas de ellas pueden tener manifestaciones visuales directas o indirectas. Niños emocionalmente sobreestimulados, con más tiempo en ambientes internos, frente a pantallas, durmiendo menos y realizando menos actividad física, pueden mantenerse en estados prolongados de estrés y ansiedad. Este escenario, además, aumenta la carga sobre el sistema visual y puede favorecer manifestaciones como fatiga visual, ojo seco evaporativo, estrés acomodativo y binocular, así como un contexto de mayor riesgo para el desarrollo o la progresión de la miopía.8-12 De igual forma, nos enfrentamos a un notable aumento de diagnósticos de TDAH, trastornos del neurodesarrollo, dificultades de aprendizaje y trastornos del procesamiento sensorial. Esto obliga al profesional de la visión a profundizar en el entendimiento de esta situación y su impacto en el estado de salud ocular y visual.

    Hoy, muchos niños duermen menos horas de las recomendadas, utilizan pantallas emisoras de luz azul justo antes de dormir y experimentan una mala calidad de sueño.10-12 La privación del sueño, la disrupción del ritmo circadiano y la alta demanda visual próxima pueden afectar la atención, la memoria de trabajo, la función acomodativa y la convergencia, incrementando la fatiga visual.8-12 Asimismo, pueden influir en la regulación dopaminérgica de la retina: la dopamina retiniana, relacionada con los mecanismos de crecimiento ocular y desarrollo de la miopía, se ha estudiado en relación con la exposición a la luz y la organización de los ritmos circadianos.13

    El análisis en nuestros consultorios al atender pacientes pediátricos tendrá que cambiar dramáticamente, precisamente por múltiples aspectos como el que se evidencia en esta nota editorial: lo socioemocional. El niño que se sienta hoy en nuestra unidad de diagnóstico carga consigo un equipaje de estrés académico, sobreestimulación digital y vulnerabilidad emocional que puede reflejarse en su rendimiento visual. El reto actual para el profesional de la visión en América Latina va mucho más allá de una evaluación tradicional. Exige de nosotros una sensibilidad clínica profunda: la capacidad de leer los ojos del niño a través del lente de su entorno, su mente y sus emociones. Evaluar la visión de un infante es evaluar su bienestar integral y, por lo tanto, ofrecer verdaderas soluciones de vida.

    Referencias

    1. Organización Mundial de la Salud (OMS). (2025). La salud mental de los adolescentes. Ginebra: OMS.
    2. UNICEF. (2021). Resumen regional: América Latina y el Caribe. En mi mente. Estado Mundial de la Infancia 2021: Promover, proteger y cuidar la salud mental de la infancia. https://www.unicef.org/es/media/108166/file/Resumen-regional-America-Latina-El-Caribe%20.pdf
    3. Viner RM, Gireesh A, Stiglic N, Hudson LD, Goddings AL, Ward JL, Nicholls DE. Roles of cyberbullying, sleep, and physical activity in mediating the effects of social media use on mental health and wellbeing among young people in England: a secondary analysis of longitudinal data. Lancet Child Adolesc Health. 2019 Oct;3(10):685-696. doi: 10.1016/S2352-4642(19)30186-5. Epub 2019 Aug 13. Erratum in: Lancet Child Adolesc Health. 2020 Jan;4(1):e4. doi: 10.1016/S2352-4642(19)30371-2. PMID: 31420213.
    4. Twenge JM, Campbell WK. Associations between screen time and lower psychological well-being among children and adolescents: Evidence from a population-based study. Prev Med Rep. 2018 Oct 18;12:271-283. doi: 10.1016/j.pmedr.2018.10.003. PMID: 30406005; PMCID: PMC6214874.
    5. Kwon, H. E. (2025). Headache as a somatic symptom in pediatrics: Diagnosis and integrated management. Headache and Pain Research, 26, 193–199. https://doi.org/10.62087/hpr.2025.0016
    6. Vulić-Prtorić, A., Galić, S., Coha, R., Grubić, M., Lopižić, J., & Padelin, P. (2007). Anxiety in children with headaches. Psihologijske teme / Psychological Topics, 16(2), 201–224.
    7. Cappucci S, Simons LE. Anxiety sensitivity and fear of pain in paediatric headache patients. Eur J Pain. 2015 Feb;19(2):246-52. doi: 10.1002/ejp.542. Epub 2014 Jun 13. PMID: 24925092; PMCID: PMC4265313.
    8. Kusumesh, R., Ambasta, A., Venugopal, A., Kumari, R., & Singh, P. (2025). Visual impact of smartphones: A narrative review of ocular changes and management approaches. Indian Journal of Ophthalmology, 73(12), 1723–1728. https://doi.org/10.4103/IJO.IJO_1389_25
    9. Barata, M. J., Aguiar, P., Grzybowski, A., Moreira-Rosário, A., & Lança, C. (2025). A review of digital eye strain: Binocular vision anomalies, ocular surface changes, and the need for objective assessment. Journal of Eye Movement Research, 18(5), 39. https://doi.org/10.3390/jemr18050039
    10. He Q, Sun Z, Li R, Wang Y, Li H, Song D, Du B, Liu L, Wei R. Unraveling the relationship between childhood dry eye symptoms and sleep patterns. J Pediatr (Rio J). 2026 Jan-Feb;102(1):101471. doi: 10.1016/j.jped.2025.101471. Epub 2025 Nov 11. PMID: 41203229; PMCID: PMC12651506.
    11. Zhao X, He Y, Zhang J, Lin S, Zou H, Ma Y. Effects of Insufficient Sleep on Myopia in Children: A Systematic Review and Meta-Analysis. Nat Sci Sleep. 2024 Sep 18;16:1387-1406. doi: 10.2147/NSS.S472748.
    12. Liu XN, Naduvilath TJ, Sankaridurg PR. Myopia and sleep in children-a systematic review. Sleep. 2023 Nov 8;46(11):zsad162. doi: 10.1093/sleep/zsad162. PMID: 37381700; PMCID: PMC10639155.
    13. Zhou, X., Pardue, M. T., Iuvone, P. M., & Qu, J. (2017). Dopamine signaling and myopia development: What are the key challenges. Progress in Retinal and Eye Research, 61, 60–71. https://doi.org/10.1016/j.preteyeres.2017.06.003 

     

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    Detectar no basta: los niños necesitan atención real
     
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    Visión escolar en Latinoamérica cifras para mirar más allá de la agudeza visual

    La salud visual infantil suele entrar en la conversación escolar cuando un niño no ve bien el tablero, se acerca demasiado al cuaderno o manifiesta cansancio durante la lectura. Sin embargo, las cifras disponibles sugieren que el problema es más amplio: en América Latina y el Caribe, la pérdida visual en edad escolar continúa siendo una condición subidentificada, mientras los errores refractivos no corregidos, la ambliopía y algunas alteraciones de la visión binocular pueden interferir con actividades esenciales del aprendizaje, como leer, copiar, sostener la atención visual de cerca y mantener un desempeño funcional en el aula.

    Según el Banco Interamericano de Desarrollo, en América Latina y el Caribe cerca de 1,3 millones de niños en edad escolar presentan pérdida visual, pero solo alrededor de 137.000 han sido identificados por los sistemas educativos. Esta diferencia evidencia una brecha relevante entre la presencia del problema y su reconocimiento institucional, especialmente si se considera que la escuela es uno de los escenarios más importantes para detectar signos tempranos de dificultad visual.1

    La Organización Mundial de la Salud también ha señalado que el defecto refractivo no corregido sigue siendo una de las principales causas de discapacidad visual tanto en niños como en adultos. Además, la iniciativa WHO SPECS 2030 plantea que el acceso a servicios de refracción y anteojos continúa siendo insuficiente, especialmente en contextos de menores ingresos, donde dos de cada tres personas que necesitan gafas no acceden a ellas.2,3

    EL PRIMER DATO PENDIENTE: DETECTAR NO SIEMPRE SIGNIFICA RESOLVER

    En salud visual escolar, la cifra más importante no es solo cuántos niños fallan un tamizaje, sino cuántos llegan realmente a una evaluación completa, reciben corrección óptica cuando la necesitan y permanecen en seguimiento. Esta cadena —detección, remisión, diagnóstico, corrección y control— suele fragmentarse, lo que convierte una condición tratable en una barrera funcional para el niño.

    Los programas de salud visual escolar tienen, por tanto, un valor estratégico. Las guías de la International Agency for the Prevention of Blindness destacan que las iniciativas escolares deben integrar tamizaje, disponibilidad de servicios, referencia, entrega de corrección cuando corresponda y seguimiento, sin limitarse a una medición aislada de agudeza visual.4

    Esta mirada es clave para Latinoamérica, donde las desigualdades territoriales, económicas y educativas pueden dificultar el acceso a atención especializada. En algunos contextos, el niño es detectado, pero no llega a consulta; en otros, recibe una fórmula, pero no accede a los anteojos; y, en otros casos, la corrección se entrega, pero no se verifica su uso, adaptación o pertinencia clínica. La terapia visual puede renovar esperanzas cuando se entiende como una intervención clínica seria, no como una moda ni como un producto milagroso. Su aporte social está en mejorar la eficiencia visual, la comodidad, la funcionalidad, la participación y la calidad de vida. La responsabilidad de los profesionales de la salud visual es defender una práctica basada en evidencia, ética y centrada en el paciente, reconociendo tanto el impacto transformador de la terapia visual bien indicada como los riesgos de aplicar procedimientos sin respaldo científico.

    ERRORES REFRACTIVOS: CAUSA CORREGIBLE CON IMPACTO FUNCIONAL

    Los errores refractivos no corregidos siguen siendo uno de los puntos más sólidos para hablar de cifras en visión escolar. La evidencia regional muestra que miopía, hipermetropía y astigmatismo están presentes en la población infantil latinoamericana, aunque con variaciones importantes según país, edad, método de medición, uso o no de cicloplejia, punto de corte diagnóstico y características de la muestra estudiada.

    En el caso de la miopía, una revisión sistemática y metaanálisis de 2024, realizada en niños y adolescentes latinoamericanos de 3 a 20 años, estimó una prevalencia regional agrupada de 8,61 %, con un intervalo de confianza del 95 % entre 5,22 % y 13,87 %. El análisis, que incluyó 24 estudios y 165.721 participantes, mostró cifras individuales muy variables, entre 0,80 % y 47,36 %. Esta diferencia no necesariamente indica contradicción, sino que refleja diferencias metodológicas, edades incluidas, zonas geográficas y criterios refractivos empleados.⁵

    Cuando se observan estudios por país, el panorama se vuelve más concreto. En Colombia, una investigación realizada en Soacha con 1.139 niños de 5 a 12 años de cinco colegios públicos encontró que el astigmatismo fue el defecto refractivo más frecuente, con una prevalencia de 31,1 %, seguido por la miopía, con 20,8 %, y la hipermetropía, con 13,1 %. Además, el estudio señaló que el astigmatismo y la miopía aumentaban significativamente con la edad, mientras la proporción de niños sin errores refractivos disminuía.⁶

    En México, un estudio realizado en escolares de zonas económicamente desfavorecidas del noroeste del país, con protocolo basado en el Refractive Error Study in Children, evaluó a 2.422 niños y reportó una prevalencia de miopía de 14,55 %, hipermetropía de 3,23 % y astigmatismo de 18,63 %.⁷ En este caso, el astigmatismo también tuvo una presencia relevante, mientras la hipermetropía fue menos frecuente que la miopía bajo los criterios utilizados por los autores.

    Estos datos permiten una lectura importante para la práctica clínica: en Latinoamérica, el problema no puede resumirse únicamente en la miopía. Aunque su crecimiento merece vigilancia, el astigmatismo aparece con frecuencia como uno de los errores refractivos más reportados en población escolar, y la hipermetropía sigue siendo clínicamente relevante, especialmente por su relación con síntomas en visión próxima, esfuerzo acomodativo, ambliopía o dificultades funcionales cuando no se detecta ni se corrige oportunamente.

    El problema, además, no se limita a la presencia del defecto refractivo. En el aula, una ametropía no corregida puede traducirse en dificultad para copiar del tablero, fatiga durante tareas prolongadas, reducción del rendimiento en actividades que exigen precisión visual y menor participación en determinadas dinámicas escolares. Por eso, la corrección óptica en la infancia debe entenderse como una intervención funcional, no solo como una respuesta refractiva.

    AMBLIOPÍA: UNA CIFRA PEQUEÑA CON ALTO PESO CLÍNICO

    La ambliopía también debe ocupar un lugar en una sección de cifras sobre pediatría visual. Aunque su prevalencia global puede parecer menor frente a otros problemas visuales, su relevancia clínica es considerable porque depende de una detección oportuna y de una intervención durante etapas sensibles del desarrollo visual.

    Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en Frontiers in Pediatrics estimó una prevalencia global de ambliopía infantil de 1,36 %, con base en 97 estudios que incluyeron más de 4,6 millones de niños.8

    Este dato permite una lectura importante: una prevalencia aparentemente baja puede representar un número significativo de niños cuando se proyecta sobre poblaciones escolares amplias. Además, a diferencia de otras condiciones visuales, la ambliopía exige actuar dentro de una ventana terapéutica en la que la detección temprana modifica el pronóstico visual.

    En este punto, la evaluación pediátrica no puede depender únicamente de la queja del niño o de la observación del docente. Muchos pacientes pediátricos no identifican su dificultad visual como un problema, especialmente cuando la alteración ha estado presente desde etapas tempranas. Por eso, los controles visuales programados y los tamizajes bien estructurados siguen siendo una herramienta fundamental.

    VISIÓN BINOCULAR Y LECTURA: EL DATO QUE AMPLÍA LA EVALUACIÓN

    La lectura, la escritura y el trabajo sostenido de cerca no dependen únicamente de la agudeza visual. También requieren coordinación binocular, acomodación, movimientos oculares eficientes y capacidad para mantener el esfuerzo visual durante periodos prolongados. En este punto, la terapia visual aparece como un campo relevante, siempre que se aborde desde un diagnóstico clínico preciso y no desde afirmaciones generales sobre el aprendizaje.

    La insuficiencia de convergencia es una de las alteraciones binoculares más estudiadas. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en The Open Ophthalmology Journal reportó una prevalencia agrupada de 7,98 %, aunque con alta heterogeneidad entre estudios.9

    Este dato debe interpretarse con prudencia. No significa que todos los niños con bajo rendimiento escolar tengan un problema binocular, ni que toda dificultad lectora sea de origen visual. Sin embargo, sí respalda la necesidad de considerar la binocularidad y la acomodación dentro de una evaluación visual completa cuando existen síntomas como cansancio, cefalea, visión doble, pérdida del renglón, dificultad para sostener la lectura o rechazo a tareas de cerca.

    Desde esta perspectiva, la terapia visual no debe presentarse como una solución genérica para el aprendizaje, sino como una intervención indicada en condiciones específicas, con objetivos medibles y seguimiento profesional.

    UNA CIFRA NO BASTA: EL RETO ESTÁ EN CERRAR LA BRECHA

    Las cifras sobre visión escolar en Latinoamérica muestran un problema doble. Por un lado, existen condiciones visuales prevalentes, tratables o manejables, como los errores refractivos no corregidos, la ambliopía y algunas disfunciones binoculares. Por otro, persiste una brecha entre la detección y la atención efectiva.

    Por eso, hablar de salud visual infantil en la escuela exige ir más allá de la agudeza visual. La pregunta no debería ser únicamente cuántos niños ven mal, sino cuántos son evaluados de manera integral, cuántos reciben la corrección o intervención que necesitan y cuántos continúan en seguimiento.

    En una región donde millones de niños avanzan en su trayectoria escolar con dificultades visuales no identificadas, la salud visual pediátrica debe posicionarse como parte de la agenda educativa, clínica y social. Detectar a tiempo no solo permite corregir una ametropía o tratar una ambliopía; también puede favorecer mejores condiciones para leer, aprender, participar y desarrollarse con mayor autonomía.

    Porque, cuando un problema visual pasa inadvertido en el aula, no solo se afecta la forma en que un niño ve: también puede limitarse la manera en que se relaciona con el conocimiento, con su entorno y con sus propias posibilidades.

    REFERENCIAS

    1. Näslund-Hadley, E. (2025). What Do the Data Tell Us about Vision Loss and Blindness in School-age Children? Banco Interamericano de Desarrollo.
    2. Organización Mundial de la Salud. (2026). Blindness and vision impairment. WHO.
    3. Organización Mundial de la Salud. (2024). SPECS 2030. WHO.
    4. International Agency for the Prevention of Blindness. (2024). IAPB School Eye Health Guidelines: 2024 edition. IAPB.
    5. Guedes, J., Da Costa Neto, A. B., Fernandes, B. F., Faneli, A. C., Ferreira, M. A., Amaral, D. C., Mora-Paez, D. J., & Ambrósio, R., Jr. (2024). Myopia prevalence in Latin American children and adolescents: A systematic review and meta-analysis. Cureus, 16(6), e63482. https://doi.org/10.7759/cureus.63482 Corrección: Guedes, J., et al. (2025). Correction: Myopia prevalence in Latin American children and adolescents: A systematic review and meta-analysis. Cureus, 17(10), c349. https://doi.org/10.7759/cureus.c349
    6. García-Lozada, D., Angulo-Sánchez, S. V., & Sánchez-Espinosa, J. M. (2024). Prevalence of refractive errors in school-aged and preadolescent children in Colombia. International Journal of Ophthalmology, 17(12), 2288.
    7. Teran, E., Romo-García, E., & Santiago, H. C. (2024). Refractive errors of school children from economically disadvantaged areas in Northwest México. Journal of Clinical Medicine, 13(11), 3094. https://doi.org/10.3390/jcm13113094
    8. Hu, B., Liu, Z., Zhao, J., Zeng, L., Hao, G., Shui, D., & Mao, K. (2022). The global prevalence of amblyopia in children: A systematic review and meta-analysis. Frontiers in Pediatrics, 10, 819998. https://doi.org/10.3389/fped.2022.819998
    9. Mohamed, Z., & Alrasheed, S. H. (2023). A systematic review and meta-analysis of convergence insufficiency prevalence and management options. The Open Ophthalmology Journal, 17, e187436412306231. https://doi.org/10.2174/18743641-v17-20230712-2023-8 

     

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    Miopía, la amenaza para el futuro de millones de niños
     
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    La miopía en aumento: una crisis prevenible que no podemos permitir en un mundo con recursos limitados

    La miopía está pasando rápidamente de ser un problema visual rutinario a convertirse en una preocupación mucho más amplia de salud pública. Lo que antes se manejaba con un simple par de gafas ahora aparece a edades más tempranas, afecta a más niños y genera efectos que van mucho más allá de la salud visual. A medida que las tasas continúan aumentando, la miopía está atrayendo cada vez más la atención de los sistemas de salud, educadores y responsables de políticas públicas.

    Para el año 2050, se espera que casi la mitad de la población mundial, alrededor de cinco mil millones de personas, sea miope, y cerca de mil millones vivan con miopía alta, la forma más severa que puede provocar pérdida de visión1. Este cambio no es solo una tendencia clínica; representa un creciente desafío social y económico que no podemos darnos el lujo de ignorar en un mundo con recursos limitados.

    En esencia, la miopía es tanto una condición individual como un problema colectivo de salud pública. A nivel individual, ocurre cuando el ojo crece demasiado, haciendo que los objetos lejanos se vean borrosos. Aunque las gafas o lentes de contacto pueden corregir la visión, la miopía alta aumenta el riesgo de enfermedades oculares graves que pueden causar daños permanentes. Pero la historia no termina ahí.

    En los impactos más amplios suele encontrarse el verdadero costo. Por ejemplo, una niña que no puede ver claramente en el aula puede tener dificultades para mantenerse al día, desconectarse del aprendizaje y perder confianza con el tiempo. Estos desafíos pueden acompañarla hasta la adultez. Datos globales del Vision Atlas de la Agencia Internacional para la Prevención de la Ceguera muestran que los niños con pérdida de visión en países de ingresos bajos y medianos tienen entre dos y cinco veces menos probabilidades de asistir a la escuela.2

    Para los adultos, la visión no corregida puede limitar la productividad, reducir las oportunidades laborales y aumentar la vulnerabilidad, especialmente en entornos donde el trabajo depende en gran medida de una buena visión, desde trabajos de oficina y labores en fábricas hasta actividades informales y manuales. A mayor escala, estas experiencias individuales se acumulan y afectan la participación laboral, el crecimiento económico y los costos de los sistemas de salud.

    Estas presiones son aún más pronunciadas en entornos con recursos limitados, donde los sistemas ya están sobrecargados. Sin acceso a atención visual básica, la miopía se convierte en una barrera. Puede ampliar las brechas educativas, limitar el acceso al trabajo y reforzar ciclos de desigualdad. Cuando no se aborda, agrava silenciosamente los desafíos que las comunidades ya enfrentan.

    Al mismo tiempo, estamos comenzando a comprender mejor qué está impulsando este aumento. La genética juega un papel importante, pero los cambios en nuestra forma de vida también son parte clave de la historia. Más tiempo frente a pantallas, mayor trabajo de cerca, vida urbana y menos tiempo al aire libre se han relacionado con tasas más altas de miopía en niños. La parte alentadora es que algunos de estos factores pueden modificarse. Por ejemplo, pasar más tiempo al aire libre ha demostrado reducir el riesgo de desarrollar miopía, convirtiéndose en una de las estrategias de prevención más simples y accesibles disponibles.

    El verdadero desafío ahora no es solo saber qué funciona, sino asegurar que esas soluciones lleguen a las personas que más las necesitan. En muchos lugares, los exámenes visuales de rutina todavía no son una práctica estándar, y el acceso a tratamientos más nuevos, como los lentes para control de miopía, sigue siendo desigual. Estas brechas son más visibles en países de ingresos bajos y medianos, donde la necesidad crece más rápidamente.

    A pesar de los desafíos, hay razones para ser optimistas. La innovación está abriendo nuevas formas de responder. Los avances en inteligencia artificial y herramientas digitales están facilitando la detección temprana de la miopía y la identificación de los niños con mayor riesgo. Programas escolares y tecnologías móviles, como la aplicación One School at A Time (desarrollada por la Fundación OneSight EssilorLuxottica), están ayudando a extender servicios a comunidades previamente difíciles de alcanzar, aprovechando espacios donde los niños ya pasan gran parte de su tiempo. Estos enfoques pueden hacer que la atención sea más eficiente, más asequible y más equitativa.

    Abordar la miopía requerirá un cambio de mentalidad: pasar de reaccionar a los problemas visuales una vez que aparecen, a prevenirlos tempranamente y manejarlos de manera más efectiva a lo largo del tiempo mediante cambios sistémicos. Esto significa integrar los exámenes visuales en los sistemas de salud escolar, fomentar comportamientos como el juego al aire libre, ampliar el acceso a tratamientos comprobados y garantizar que la salud visual forme parte de estrategias nacionales más amplias de salud y educación.

    La buena noticia es que ya contamos con muchas de las herramientas necesarias. Lo que se requiere ahora es coordinación, compromiso y escala. Gobiernos, educadores, proveedores de salud y aliados de diferentes sectores tienen un papel fundamental que desempeñar.

    La miopía puede ser un desafío creciente, pero también es un problema solucionable. Con el enfoque adecuado, podemos proteger la visión de los niños, apoyar el aprendizaje y la productividad, y reducir la presión evitable sobre los sistemas de salud. Esta es una oportunidad para actuar e invertir de manera inteligente, haciendo de la atención visual una parte rutinaria de cómo construimos comunidades más saludables y equitativas.

    Fuentes:

    1. Global Prevalence of Myopia and High Myopia and Temporal Trends from 2000 through 2050
    2. Salud ocular infantil – Vision Atlas de la IAPB 

     

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    Papel de los padres en la correcta higiene de los LC de sus hijos
     
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    Consejos atractivos y fáciles de seguir para que los padres participen activamente en el cuidado de los lentes de contacto de sus hijos

    Los profesionales de la salud visual cuentan con un conocimiento exhaustivo de los matices relacionados con la higiene de los lentes de contacto, un tema que a menudo resulta nuevo y desafiante para los padres. En un contexto de creciente incidencia de miopía infantil (Li et al, 2017), la tarea de educar a los padres adquiere una relevancia sin precedentes.

    Este artículo presenta una serie de consejos atractivos y fáciles de seguir para que los padres participen activamente en el cuidado de los lentes de sus hijos. No es difícil convertir lo que puede ser un tema complejo en una tarea accesible e incluso agradable.

    1 – Refuerzo constante de las prácticas de higiene 

    Una de las formas más eficaces de garantizar que los niños mantengan una higiene adecuada de los lentes es mediante el refuerzo constante. Los padres desempeñan un papel crucial al recordar regularmente a sus hijos la importancia del cuidado de los lentes. Según un estudio reciente, proporcionar consejos claros y reforzados sobre la higiene de los lentes de contacto mejora significativamente la adherencia a las rutinas adecuadas de cuidado de los lentes, reduciendo así el riesgo de infección ocular (Alipour et al, 2017).

    Pasos de acción para los padres:

    Crear una lista de verificación para el cuidado de los lentes y colocarla en un lugar visible.

    Establecer recordatorios en el teléfono para verificar la rutina de cuidado de los lentes de los hijos.

    2 – Educar sobre los comportamientos de alto riesgo Los padres deben estar bien informados sobre los comportamientos que representan un alto riesgo de infecciones oculares, como dormir, ducharse y nadar mientras se usan lentes de contacto. El conocimiento de estos comportamientos permite a los padres guiar a sus hijos para evitar tales prácticas (Cope et al, 2017).

    Pasos de acción para los padres:

    Conversar con los hijos sobre el peligro de infecciones oculares asociadas con comportamientos de alto riesgo.

    Animar a los hijos a usar gafas durante estas actividades. 

    3 – Elegir el tipo de lentes adecuado El tipo de lentes de contacto que utilice el paciente puede influir significativamente en su éxito y en las posibles complicaciones derivadas de su uso, especialmente durante la noche.

    Medidas para los padres:

    Considerar el uso de lentes desechables diarios para los niños más pequeños que puedan tener dificultades con el cuidado de los lentes.

    Revisar periódicamente, y posiblemente actualizar, el tipo de lentes a medida que los hijos crecen.

    4 – Almacenamiento adecuado de los lentes

    Si los pacientes no utilizan lentes desechables diarios, es responsabilidad del profesional de la visión ocuparse del estuche y del almacenamiento. El almacenamiento inadecuado de los lentes puede ser un caldo de cultivo para las bacterias (Dart, 1990).

    Medidas para los padres:

    Asegurarse de que el estuche de los lentes se limpie y seque al aire diariamente.

    Sustituir el estuche cada tres meses o según recomiende el profesional de la visión.

    Los profesionales de la visión tienen una oportunidad única de actuar como educadores y defensores de nuestros pacientes más jóvenes. Aunque pueden proporcionar las herramientas y los conocimientos necesarios para una correcta higiene de los lentes, la responsabilidad diaria recae en última instancia en los padres.

    Es fundamental que los profesionales de la visión participen en conversaciones significativas con los padres sobre la higiene de los lentes y les ofrezcan medidas prácticas que puedan seguir fácilmente. De este modo, no sólo contribuyen al bienestar de los pacientes, sino que también fomentan la confianza y las relaciones a largo plazo con las familias.

    Fuente: Compton J. The Parent’s Role in Proper Lens Hygiene. Contact Lens Spectrum. Nov 2023, Pág.: 43. 

    Para ir a la fuente del artículo y mayor información le sugerimos ingresar al siguiente enlace: grupofranja.net

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